No hace mucho tiempo atrás, quizá unos 90 o 100 años, un niño nacido en el capo, por alguna circunstancia no definida se quedó huérfano y se crió bajo el amparo de un tío paterno. Su infancia no fue de lo mejor, no tuvo la oportunidad de ir a la Escuela, su tiempo estaba dedicado al cuidado de una manada de borregos, a acarrear agua para la elaboración de la comida de una familia muy grande, a recoger leña para cocinar. Desde muy temprano aprendió a lavar su ropa, a manejar con habilidad el azadón y el machete. Tiempo para jugar con niños de su edad no le quedaba debido a sus responsabilidades que le fueran encargadas y controladas con mucha reciedumbre. Un cierto día de crudo invierno en que el cielo permaneció nublado, puesto su poncho y su sombrero viejo de lana de borrego, con sus pies desnudos, tiritando de frio, cumplió con su obligación de arrear al rebaño rumbo al páramo para el acostumbrado pastoreo. Al igual que todos los días estaba acompañado por su perro fiel que nunca le dejó solo, que siempre estuvo atento al desorden de algunos borregos hambrientos que se salían del grupo para tomar algunos bocados de hierba en la orilla del camino.
En el páramo, el frío era mas intenso y de vez en cuando caía el papacara con tal intensidad que al rostro curtido del niño le hacía sangrar; los dedos de sus manos y de sus pies estaban casi helados. Los borregos aprovechaban para hacer de las suyas en la libertad. El fiel compañero del niño pastor se acurrucó entre las pajas para protegerse de las inclemencias del clima. La neblina se intensificaba con el paso del tiempo a tal punto que no se podía distinguir a un metro de distancia; en esas circunstancias el niño, se encogió junto a su perro buscando abrigo. Así, pasaron las horas oscuras durante la jornada del pastoreo.
Aprovechando la oscuridad del día debido a la fuerte neblina, los lobos hambrientos del lugar hicieron presas fáciles de algunos indefensos corderos que se alejaron de la manada y que jugaban y saltaban entre las pajas y los bordes de los caminos tantas veces caminados por ellos.
Cuando llegó la tarde, el pastorcillo y su fiel compañero, rigiéndose por el reloj biológico, recogieron al rebaño y decidieron regresar al corral luego de recorrer muchos kilómetros de distancia. Como de costumbre su tío, al caer las sombras de la noche les recibió a la entrada y empezó a contar uno a uno a los borregos y cayó en cuenta de que faltaban al menos seis corderos. Por este hecho le propinó una paliza con el mismo látigo que usaba para arrear al rebaño, ordenó que no le dieran su merienda y que durmiera junto a los borregos.
El indefenso pastorcillo, cayó en una terrible depresión, sus abundantes lágrimas no fueron suficientes para desfogarse de tan cruel e injusto castigo. La presencia de su perro fiel y de su gemido no lograron apaciguar su resentimiento. Era injusto el castigo.
Cuando empezaron el cántico de los gallos y la sinfonía mañanera de los mirlos y los gorriones anunciando la llegada de la aurora, el niño agobiado por la crueldad de su tío, decidió iniciar una caminata sin rumbo. Le acompañó su fiel amigo que no dejó de mover la cola en señal de que estaba junto a él, en las buenas y en las malas. También le acompañaban los recuerdos y los momentos vividos con sus compañeros de pastoreo. Caminaron y caminaron sin descanso durante todo el día. Saciaron la sed bebiendo agua fresca que encontraban encharcada en los camellones del camino. Al atardecer encontraron unas plantas de mortiño que colgaban de sus ramas unas pocas frutas maduras, era un verdadero manjar para saciar el hambre y recobrar las energías perdidas. Sin mirar hacia atrás continuaron el camino lodoso y cuando las sombras de la noche empezaban a cubrir el ambiente, miraron a lo lejos venir en su dirección a un jinete cabalgando en un caballo muy brioso que daba miedo.
De pronto al acercarse el jinete preguntó al niño sudoroso y agitado: a donde vas tan tarde? De donde vienes? Como te llamas? El pastorcillo muy asustado, iba respondiendo a cada pregunta y le conversó a cerca de su decisión de abandonar la casa de su tío y de no regresar para soportar los crueles castigos a los que era sometido en casos de cometer algún error. El caballero que cabalgaba de prisa se detuvo para escucharle con mucha atención y de inmediato le invitó a que le acompañara a su casa en la hacienda Rumipamba, de cual era su mayordomo. El niño aceptó la invitación y acto seguido montó en el anca del caballo y el amigo fiel le siguió a galope hasta llegar a la hacienda. El mayordomo les convidó una suculenta merienda y acto seguido le llevó al niño a un cuarto para que durmiera sobre unas cargas de paja de cebada, cubierto con unos ponchos viejos, lo suficiente para abrigarse durante la noche. Su fiel compañero se acurrucó tras la puerta hasta la mañana siguiente.
En la hacienda, el niño se integró al grupo de trabajadores, allí aprendió a ordeñar a las vacas para lo cual se levantaba a la madrugada, motivado porque podía tomar con libertad la leche tibia recién ordeñada. Aprendió también como atender a los terneros recién nacidos, a vacunar e inyectar al ganado, a amansar y a montar a caballo, a organizar y controlar el trabajo cotidiano de la hacienda. Cuando adolescente aprendió a manejar el tractor agrícola, a comercializar la leche y los quesos. Se proyectaba a ser un buen administrador y por eso es que gozaba de la confianza del mayordomo que le llegó a estimar en alto grado. Lástima que falleció prematuramente a causa de una enfermedad propia de la época.
Como los propietarios de la hacienda que residían en la Capital tuvieron buenas referencias del Jovencito en cuanto a su horades y responsabilidad, le confiaron la administración de la propiedad, que desde ese entonces comenzó a generar muchas utilidades, lo cual provocó el despilfarro de los señoritos que se habían dejado influir por las exigencia de la sociedad de consumo: reuniones permanentes, derroches ilimitados, consumo de whisky de las mejores marcas, vestidos finos para engalanar los cuerpos esqueléticos de las muchachas, es decir todo cuanto servía para hacer relucir la vanidad de la familia.
Con el paso del tiempo, el joven administrador, se enamoró de una de las ordeñadoras más bonitas del grupo, con la cual contrajeron nupcias que fueron celebradas en la propia hacienda. Asistieron como invitados especiales los dueños de la hacienda que a la vez fueron sus padrinos, todos los trabajadores y los vecinos de la comarca. Para la celebración mataron un torete, muchas gallinas y cuyes; las mujeres se encargaron de pelar varios quintales de papa chola; prepararon algunos barriles de chicha de jora que sirvió para beberla durante una semana que duró la fiesta. De su matrimoniotuvieron ocho hijos que crecieron felices en el campo, compitiendo con la libertad del viento, respirando aire fresco sin contaminación, tomando leche fresca de vaca hasta saciarse, alimentándose de granos tiernos, de carne de gallina, de cuy y de todo lo que con generosidad producía la madre tierra que era labrada con mucho afán y esperanza. Aprendieron con obediencia las reglas básicas de la moral a través del testimonio de sus padres. Cuando llegaba la edad escolar, en turno acudieron a la escuela del lugar, en donde aprendieron las primeras letras que les serviría para continuar sus estudios en la Capital.
Como sus patrones habían entrado en el juego de la sociedad de consumo y cada vez experimentaban mayor exigencia social y económica, decidieron vender la propiedad por partes, empezando desde el páramo, para terminar con la casa de hacienda. El administrador que tenía una buena perspectiva, iba comprando uno a uno los lotes hasta que con el pasar del tiempo la integró en su totalidad para transformarse en el nuevo hacendado, con la diferencia de que el en persona trabajaría sus propias tierras, cuidaría a sus animales y asumiría las demás actividades propias del campo.
Cuando su primer hijo, se graduó de Odontólogo, luego de felicitarlo, el primer y gran consejo que le dio fue: Que el dinero que ganes honradamente te llegue al bolsillo y no a la cabeza.
A su segundo hijo, que luego de pasar varios años en la Universidad y que se dedicó a la dulce vida en vez de estudiar para lograr su profesión, con ocasión de su prematuro matrimonio, con lágrimas en sus ojos le expresó: cuando yo muera, no quisiera tener un hijo millonario, un nieto botarata y un bisnieto pordiosero. . . . A su hija la mas consentida de todos y que se recibiera de médico, con motivo de la fiesta de graduación, en su discurso lleno de sabiduría, entre otras cosas, con la delicadeza del caso le dijo: que tu profesión sirva para salvar vidas, no para interrumpirlas y peor para inmolarlas con prácticas suicidas a consecuencia de desequilibrios mezquinos de la sociedad.
Al Abogado de la Familia, en su primer día de oficina. Con ocasión de la inauguración que lo celebraron con tanta pompa, en el momento oportuno le pidió que sus actuaciones fueran con profesionalismo, pero sobre todo con honestidad. Que su profesión debería estar al servicio de los más pobres, para quienes la justicia es inalcanzable.
A la ingeniera Agrónoma, que tanto se había motivado por el trabajo abnegado de su padre; que a pesar de ser testigo de la dureza de sus jornadas en la cotidianidad del trabajo de campo, con ocasión de la fiesta de su graduación le pidió que no destruya la naturaleza, deforestando la vegetación de la hacienda y especialmente de las quebradas; que no contamine las vertientes de agua cristalina con el uso y abuso de pesticidas; que no rompa el equilibrio ambiental con prácticas irracionales pensando en el dinero; que ayude a la tierra a protegerse de la erosión con la implantación de cortinas naturales y que sobre todas las cosas, respete la vida de todos los seres que habitan la faz de la tierra.
A sus tres restantes hijos que estaban bien enrumbados en el estudio, en su lecho de agonía les dijo con la alegría del padre que ve a sus hijos triunfar: sigan adelante, la vida es un reto para cada uno de nosotros, no descuiden los valores éticos y morales que les hemos podido transmitir con el ejemplo. No descuiden los valores de la solidaridad, el respeto y la generosidad. Por ningún concepto deben ser serviles y perder la dignidad humana. Que esta despedida, no sea una despedida triste, sino de esperanza y de optimismo.
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